El corazón de Mercy le latía tan fuerte que estaba segura de que todos en la sala podían escucharlo.
Tenía las palmas húmedas, los dedos algo entumecidos y, por primera vez desde que había entrado en aquel edificio con la espalda erguida de orgullo, la duda empezó a morderla.
No era así como quería que su jefe la viera. No como una mujer atrapada entre una mano alzada y un pasado del que intentaba huir a toda costa.
“Se terminó”, pensó Mercy con amargura. “Aquí es donde todo acaba”.
Ya podía ima