Mercy salió de la Comisaría Central de Carminton con pasos pesados. El sol de la mañana le rozó la cara, pero no le alivió el peso que llevaba encima. Denunciar a Adam Smith le había exigido más fuerza de la que esperaba. Decir su nombre en voz alta, repetir sus actos y firmar declaraciones la dejaba expuesta, como si hubiera reabierto una herida que tanto se había esforzado por cerrar.
Se acomodó la correa del bolso en el hombro y respiró hondo.
—Hiciste lo correcto —se recordó a sí misma.
Por