Magdalene sonrió con calidez a los Ainsworth cuando entraron. Las luces del pasillo atravesaban la puerta e iluminaban el encantador vestíbulo.
Diana Ainsworth llevaba en las manos un hermoso ramo de lirios blancos y nube.
—Buenos días —le dijo a Magdalene, y el aire se llenó de un aroma dulce.
—Pasen, por favor, señor y señora Ainsworth —dijo Magdalene mientras se hacía a un lado—. El señor Wyndham los está esperando.
—Ay, gracias, querida —dijo Diana con voz alegre—. Me da mucho gusto estar aq