PRÓLOGOLa noche estaba inquietantemente quieta. Incluso el viento, que solía susurrar entre los altos árboles que rodeaban la mansión, había enmudecido, como si la propia naturaleza contuviera el aliento. Dentro de la gran propiedad, la oscuridad se aferraba a cada rincón a pesar del suave resplandor dorado de las lámparas. Las sombras se extendían a lo largo de las paredes como vigilantes silenciosos, alargándose y cambiando con cada parpadeo de la luz.En el centro de todo ello, en la habitación más grande de la casa, la muerte rondaba. Ella yacía en la cama, envuelta en sábanas de seda blanca que hacían que su piel pálida pareciera aún más fantasmal. La mujer que alguna vez había sido radiante, admirada por su elegancia y envidiada por su vida, ahora apenas era reconocible.Sus labios estaban secos, su respiración… irregular. Cada inhalación sonaba como una batalla. Cada exhalación… era una rendición.Su mano temblorosa se movió lentamente hacia su estómago. Su único bebé estaba a
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