Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 1
Hora de soltar
Ana nunca se había sentido tan pequeña en toda su vida. Creció en un modesto pueblo a las afueras de la ciudad, donde los caminos eran polvorientos e irregulares, y cada casa parecía inclinarse hacia la otra como si compartieran secretos. El aire allí nunca estaba en silencio. Llevaba los sonidos de niños riendo, mujeres discutiendo sobre los precios del mercado y radios que reproducían canciones antiguas que nunca parecían desvanecerse.
La casa de Ana estaba al final de un estrecho sendero. Era una pequeña vivienda con techo oxidado y paredes agrietadas, pero para ella lo significaba todo. Vivía allí con su madre. Su padre había muerto cuando ella era demasiado pequeña para recordar claramente su rostro. Solo tenía historias, historias que su madre le contaba en las noches en que se iba la luz y la oscuridad los rodeaba.
—Era un buen hombre —decía su madre con suavidad—. Fuerte, amable… igual que tú.
Ana nunca supo si eso era cierto, pero se aferraba a esas palabras como a algo sagrado. La vida no era fácil. Su madre trabajaba incansablemente como costurera, aceptando ropa de los vecinos y pasando largas horas encorvada sobre una vieja máquina de coser que gemía con cada puntada. Sus dedos siempre estaban pinchados por las agujas, sus ojos solían estar cansados, pero nunca se quejaba. Ana aprendió desde muy temprano lo que significaba sobrevivir.
Con apenas diez años, ya ayudaba a buscar agua, preparaba comidas sencillas, hacía recados y a veces asistía a su madre con la costura. Pero a pesar de las dificultades, había amor. Tanto amor que su madre nunca la dejó sentirse pobre.
—Puede que no tengas de todo —le decía mientras le cepillaba el cabello con ternura por las noches—, pero tienes un buen corazón. Y eso vale más que cualquier cosa en este mundo.
Ana le creía.
Creció siendo bondadosa. Compartía su comida incluso cuando apenas tenía suficiente. Ayudaba a los desconocidos sin esperar nada a cambio. Y siempre sonreía, incluso en los días en que el estómago le dolía de hambre.
La escuela era su escape. No era nada lujosa, solo un pequeño edificio con pupitres rotos y aulas abarrotadas, pero Ana la adoraba. Le encantaba aprender y leer. Le encantaba la idea de que, tal vez, solo tal vez, su vida pudiera ser diferente algún día.
Cuando Ana cumplió dieciséis años, todo cambió. Su madre enfermó. Al principio solo era cansancio, tos ocasional y una ligera fiebre. Pero poco a poco empeoró. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Pronto, su madre ya no pudo trabajar.
La casa que antes se sentía cálida por el amor, empezó a sentirse pesada por la preocupación. El dinero se acabó rápidamente, la comida escaseó y, por primera vez, Ana sintió miedo.
—Yo cuidaré de nosotras —dijo una noche, con la voz temblorosa pero decidida.
Su madre negó débilmente con la cabeza.
—Todavía eres una niña…
—No lo soy —insistió Ana con suavidad—. Ya no.
Ana empezó a aceptar cualquier trabajo que encontraba: limpiar casas, trabajos por días, ayudar en pequeños puestos de comida. El trabajo era agotador, el pago era poco, pero nunca se quejaba. Cada moneda que ganaba iba destinada a las medicinas y la comida. Cada día se convertía en una batalla, pero ella seguía adelante.
××××××
Ana no recordaba exactamente cuándo empezaron las lágrimas. Tal vez fue cuando el doctor negó con la cabeza en silencio, o cuando los vecinos salieron lentamente de la casa y sus condolencias susurradas se desvanecieron en el aire de la tarde, o quizá fue en el momento en que se dio cuenta de que la habitación se sentía vacía.
Su madre se había ido.
La pequeña casa, que antes se llenaba de calor y suaves risas, ahora se sentía hueca, como si le hubieran arrancado el centro. La máquina de coser permanecía intacta en la esquina. La olla en la estufa se había enfriado. Incluso el aire se sentía más pesado y difícil de respirar.
Ana se sentó en el suelo junto a la cama, con los dedos fuertemente aferrados al borde del colchón donde su madre había dado su último aliento.
—Mamá… —susurró con debilidad, como si decirlo suficientes veces pudiera traerla de vuelta, pero nada sucedió.
Su pecho se apretó dolorosamente y una nueva oleada de lágrimas rodó por sus mejillas. Buscó a ciegas su teléfono, con las manos temblando mientras revisaba sus contactos. Solo había una persona a la que podía llamar.
Ivy, su mejor amiga. La única que realmente la conocía.
El teléfono sonó una vez.
—¿Ana? —respondió la voz de Ivy—. ¿Por qué me llamas tan tarde? ¿Está todo bien?
Ana intentó hablar, pero su voz se quebró.
—Ivy… —sollozó, con la respiración entrecortada—. Se fue…
Hubo un pesado y atónito silencio.
—¿Qué quieres decir con… se fue? —preguntó Ivy lentamente, con el tono teñido de miedo.
—Mi mamá… —susurró Ana, apenas capaz de formar las palabras—. Ella… murió.
La línea se quedó completamente en silencio.
Y entonces…
—Dios mío… Ana… —suspiró Ivy, con la voz temblando ahora—. No… no, lo siento tanto…
Ana se derrumbó por completo. Las lágrimas llegaron más fuertes, más rápidas, incontrolables.
—No sé qué hacer —lloró—. Ya no tengo a nadie…
—Me tienes a mí —dijo Ivy con firmeza, aunque su propia voz se quebró por la emoción—. ¿Me oyes? No estás sola.
Ana intentó estabilizar su respiración, pero el dolor en su pecho no cedía.
—Está tan vacío aquí… —susurró—. Todo me la recuerda…
Ivy suspiró suavemente, como si pensara con cuidado.
—Ana… escúchame —dijo con ternura—. No puedes quedarte ahí.
Ana frunció ligeramente el ceño mientras se limpiaba las lágrimas.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir… necesitas un nuevo comienzo —continuó Ivy—. Ya no queda nada para ti allí. Ven a la ciudad.
Ana dudó.
—¿La ciudad? —repitió en voz baja.
—Sí —dijo Ivy rápidamente—. Aquí hay muchas oportunidades: trabajos, mejor paga, una vida mejor. Eres trabajadora, lo harás bien, lo sé.
Ana miró a su alrededor en la pequeña habitación. Las paredes agrietadas, los muebles desgastados… todo de repente se sentía demasiado pesado para cargar.
—Pero… nunca he vivido allí antes —dijo en voz baja—. ¿Y si no puedo con ello?
—Puedes —insistió Ivy—. Y yo te ayudaré. No estarás sola, te lo prometo.
Ana tragó con dificultad.
Un nuevo comienzo. Esas palabras se quedaron flotando en su mente. Era una buena idea, la necesitaba, y era hora de encontrar algo bueno que hacer.
—Iré —dijo finalmente, con voz baja pero firme—. Iré a la ciudad.
—Esa es mi chica —dijo Ivy con suavidad—. Lo resolveremos todo juntas.
Ana asintió, aunque Ivy no pudiera verla. Cuando terminó la llamada, miró a su alrededor por última vez. Ese lugar había sido todo su mundo.
Pero ahora…
Era hora de soltar.







