Llegué al trabajo con el corazón pesado, la espalda rígida y la sensación de que todo en mi vida se estaba desmoronando. Las manos aún temblaban de la conversación con Luciano, pero no podía mostrarlo; el mundo a mi alrededor seguía igual de cruel, indiferente, como si nada hubiera pasado. Y ahí estaba Adrián, con esa mirada de dueño de todo, sonriendo mientras Lucía, radiante como siempre, se recostaba a su lado.
Intenté ignorarlos mientras me dirigía a mi escritorio, pero no pude evitar senti