Salí del café con el pulso desbocado, como si acabara de correr una maratón sin moverme de la mesa. El aire nocturno me recibió con un frío que me atravesó los huesos, pero no me calmó. Al contrario: cada palabra de Luciano seguía vibrando en mi piel como un eco imposible de apagar.
“Ya no estás sola.”
Esa frase era una daga y un abrazo al mismo tiempo.
Caminé sin rumbo fijo, con la vista nublada por las lágrimas que aún no terminaban de secarse en mis mejillas. Me preguntaba qué había hecho al