La mañana había empezado tranquila. Por primera vez en días, me sentía en paz. Tal vez era porque Enzo y yo habíamos hecho las paces después de aquella pequeña discusión. O tal vez porque los rayos del sol entraban por la ventana de nuestra habitación con una suavidad que invitaba a soñar.
Pero la calma no duró mucho.
Dorian apareció antes del desayuno, con su túnica impecable y esa expresión serena que sólo usaba cuando iba a decir algo serio. Lo conocía ya lo suficiente como para intuir que n