Esa mañana desperté con una energía distinta. Quizá era el entusiasmo por lo que se avecinaba o simplemente la calma después de los días agitados. Al bajar al jardín, Enzo ya me esperaba. Estaba recargado sobre la baranda de piedra, con los brazos cruzados y la mirada puesta en el horizonte. Cuando me vio, su rostro se iluminó.
—Al fin apareces, pensé que te habías escapado de mí —dijo con una sonrisa pícara mientras se acercaba.
—¿Y dejarte solo con tus pensamientos? No lo permitiría —le respo