La cena transcurrió sin mayores incidentes, aunque yo apenas probé bocado. Mi mente estaba en otra parte, o más bien… con otra persona. A cada instante mis ojos se dirigían a la puerta esperando que Enzo entrara, pero no apareció. El asiento a su derecha seguía vacío. Y eso, por alguna razón, me dolía más de lo que quería admitir.
Cuando terminamos de cenar, Leo se acercó a mí con una sonrisa traviesa y esa mirada que parecía esconder alguna broma.
—¿Me concedes un momento, mi Luna? —preguntó c