Freya entró sin tocar a la habitación de su tía Astrid, furiosa. Cerró la puerta con un golpe seco y fue directo al grano, como siempre que algo no salía como quería.
—No puedo seguir así —dijo, cruzándose de brazos con frustración—. Dante no me toca, casi ni me habla. Se encierra en ese maldito despacho todo el día. ¿Cómo se supone que voy a tener un cachorro real si ni siquiera me mira?
Astrid ni se inmutó. Estaba sentada en su butaca, leyendo, con una copa de vino en la mano. Alzó la vista a