Leonardo no podía dormir.
Ni siquiera con el perfume de Isla aún ligeramente impregnado en su camisa. Ni siquiera después del acalorado encuentro en su oficina. Ni siquiera después de ahogarse en una copa de brandy añejo.
No importaba.
Porque en cuanto cerró los ojos, la misma imagen volvió a atormentarlo:
Elena.
La forma en que entró en el restaurante como si el aire le perteneciera…
La forma en que lo miró con esos ojos penetrantes, evaluadores, indescifrables…
La forma en que rechazó su beso