Leonardo acababa de salir de la ducha, con una toalla colgando hasta la cintura y el agua aún goteando por sus tatuajes, cuando su teléfono vibró en la encimera del baño. Miró la pantalla: un número desconocido. Normalmente ignoraba ese tipo de llamadas, pero algo le dijo que contestara. Pasó el dedo por la pantalla.
"¿Hola? ¿Quién es?", preguntó con un tono suave pero ligeramente impaciente.
Una voz femenina, baja y sensual, ronroneó por el altavoz. "Hola... Leo".
Leonardo se quedó paralizado