La quiero muerta.
La risa de Isla suaviza el murmullo de la habitación como una hoja deslizándose sobre seda. La botella entre ellos tintinea huecamente mientras Leonardo inclina su copa, observando cómo la lluvia tatúa las ventanas. Más allá de la caoba y el cromo pulido, la ciudad es una mancha de neón y química; dentro, son un mundo privado donde las consecuencias son negociables.
—Creo que Emilia será una amenaza para nosotros en el futuro, cariño —dice Isla, pero no es una pregunta. Su mano juguetea con un