La voz de Leonardo por teléfono sonaba casi frágil, esa fragilidad propia de los hombres a quienes nunca se les había negado nada y que creían que el arrepentimiento se podía comprar con unas pocas palabras. «Emilia», había dicho, «quiero que nos veamos. Quiero pedirte disculpas. Necesito verte. Por favor». La súplica era ensayada, el tono lo suficientemente bajo como para remover lo poco que quedaba de su recuerdo: las cálidas tardes, las risas fáciles, la ilusión de que alguna vez había sido