Isla estaba de pie junto al ventanal de su apartamento, con las luces de la ciudad parpadeando como si fueran seres vivos, inquietos y vivos. Tenía el teléfono pegado a la oreja, pero su mirada era distante, aguda y calculadora. El informe de sus investigadores aún resonaba en su cabeza: sin identidad, sin pasado, sin registros. Elena era un fantasma. Y los fantasmas, Isla lo sabía, nunca eran inofensivos.
Marcó el número de Valeria sin dudarlo.
La llamada se conectó casi al instante, como si V