La noche cayó sobre la mansión Davenport como un manto de terciopelo negro, sofocando cualquier rastro de luz residual. La tormenta, lejos de amainar, había empeorado, convirtiendo los inmaculados jardines en un pantano invisible y golpeando las ventanas con una furia que hacía vibrar los cristales en sus marcos de caoba.
Chloe estaba sola en su habitación.
Thomas no había regresado. Había llamado hacía una hora, su voz distorsionada por la estática de la línea, para informar que las carreteras