El día siguiente amaneció gris, el cielo una losa de plomo que aplastaba la ciudad y prometía una lluvia que no limpiaría nada, solo ahogaría. La atmósfera dentro de la mansión Davenport era opresiva, cargada de una electricidad estática que ponía los nervios de punta, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo la respiración antes de un grito.
Thomas se había marchado temprano. Había mencionado una reunión de emergencia con los accionistas asiáticos, un asunto de "vida o muerte" para la