La mañana siguiente a la ópera, la mansión Davenport amaneció sitiada.
No por enemigos armados, sino por un ejército de floristas, decoradores y organizadores de eventos que Thomas había convocado con un chasquido de sus dedos.
Chloe bajó las escaleras y se encontró con que su jaula dorada se había llenado de rosas blancas. Miles de ellas. El aroma era tan intenso que resultaba empalagoso, casi fúnebre.
—Buenos días, cariñi —la saludó Thomas desde el centro del vestíbulo. Estaba revisando unos