La noche cayó sobre la mansión Davenport, trayendo consigo una oscuridad que las lámparas de cristal del comedor apenas lograban disipar.
La cena no era un evento social, era una extensión de la sala de juntas, una negociación disfrazada con cubiertos de plata y vino de cosecha antigua.
Thomas había invitado a tres de sus inversores más importantes: hombres de trajes caros y miradas depredadoras que habían construido sus fortunas sobre las ruinas de otros.
Y Chloe era el plato principal.
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