24. Padre e hija
Los ojos de Gina, al posar su mirada en su hija, destilaban repudio, como si contemplara un defecto molesto que no sabía cómo corregir. Saphira se recompuso con rapidez, a pesar de que una delgada línea de sangre le corría desde la comisura del labio.
—¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? —la increpó su madre con su tono severo de siempre. No había cambiado nada—. ¿¡Acaso Medea sabe algo!? ¡Habla!
—Gina, baja la voz, pueden oírnos —le susurró su esposo al oído—. Tomemos las cosas con calm