Paula y Norman iban en el auto en un silencio que pesaba como plomo.
El paisaje corría veloz por la ventanilla, pero ella no lo veía; su mirada estaba fija en sus propias manos temblorosas.
Finalmente, bajó la cabeza, y las lágrimas comenzaron a rodar silenciosas por sus mejillas.
Norman, viéndola tan triste, desvió una mano del volante y buscó la de ella.
La sostuvo con fuerza, como si con ese gesto pudiera darle algo de consuelo, como si pudiera sostener el peso de su dolor.
—Paula… —susurró c