Norman miró a Viena con una rabia contenida que parecía incendiarle las venas. Sus ojos eran dagas, y su mandíbula, un hierro a punto de quebrarse. Ella tembló, incapaz de sostenerle la mirada.
El miedo le paralizaba los labios, y aunque miles de palabras ardían en su pecho, ninguna se atrevió a salir.
Norman no esperó explicaciones. Avanzó con pasos decididos hacia el edificio, cada uno golpeando el suelo con la fuerza de su enojo.
Viena, con el corazón desbocado, corrió tras él, intentando alc