—¿Tú…? —la voz de Viena se quebró, y sus pasos retrocedieron como si el suelo ardiera bajo sus pies.
Norman sonrió con esa mueca oscura que ella conocía demasiado bien, una sonrisa envenenada por la soberbia y el deseo de dominio.
—¿Acaso creíste que podías escapar de mí? —dijo con voz grave, arrastrando las palabras como un verdugo que disfrutaba anunciar su sentencia.
Viena contuvo la respiración.
El aire se hizo espeso, y sus manos temblaron apenas un segundo antes de cerrarse en puños. Dio u