—¿¡Qué has dicho?! —exclamó Franco, con el rostro encendido de furia y los puños apretados, como si en cualquier instante pudiera perder la cordura.
—Lo que oíste —replicó Juan Carlos con voz firme, grave, sin un atisbo de vacilación—. Y será mejor que dejes la memoria de mi hermana en paz. No voy a permitir que sigas ensuciándola con tu veneno, con tus insultos y con tu odio. No vengo por la fortuna Bourvaine, no necesito ni una moneda de dinero. Estoy aquí por una sola razón: para cumplir la ú