—¡Señores, aléjense! —gritaron los doctores con voz urgente, mientras las manos expertas empujaban a la multitud hacia atrás.
El aire estaba cargado de tensión, el olor a desinfectante se mezclaba con el miedo que flotaba en la sala.
Javier retrocedió de inmediato, un paso tras otro, sin darse cuenta de que su esposa, Paula, era arrastrada a la sala de emergencias.
Se giró de espaldas, tratando de escapar de la escena, pero entonces un grito lo atravesó como un rayo.
—¡Javier!
El nombre de Paula