El coche se detuvo frente a la mansión. Antes de que Martina pudiera intentar bajar por su cuenta, Sebastián abrió la puerta del copiloto.
—No te muevas.
—Puedo hacerlo sola…
Apenas apoyó el pie lesionado sintió una fuerte punzada en el tobillo.
—¡Ay! —gritó adolorida.
Sebastián la sostuvo antes de que perdiera el equilibrio. Y sin decir más nada, volvió a cargarla entre sus brazos.
En ese preciso momento, la puerta principal de la mansión se abrió.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Jacobo, sor