—¡Sebastián! Me duele —insistió Martina—. No puedo mover el pie.
Sebastián se agachó frente a ella. Sin decir una palabra, deslizó un brazo por debajo de sus rodillas y otro alrededor de su espalda. La levantó con facilidad entre sus brazos.
—¿Qué haces? —cuestionó ella.
Él no le respondió.
—¡Sebastián!
—Guarda silencio, joder.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿Adónde me llevas?
—A un lugar donde pueda revisarte ese tobillo.
—Pero… la hacienda queda para allá.
—He dicho que te cal