El invernadero está detrás del ala principal, oculto entre muros altos y puertas de vidrio con seguro. No es bonito. Es demasiado perfecto. Como si todo ahí dentro tuviera reglas.
Don Alaric camina lento, apoyado en su bastón, pero sus ojos siguen atentos.
—Aquí es donde confío mi vida —dice sin mirarme—. No en médicos. No en pastillas. En esto.
Abre la puerta con una llave antigua y el olor me golpea de inmediato: tierra húmeda, hojas machacadas, flores fuertes, resina.
Miro alrededor y se me corta la respiración.
No son plantas comunes.
Las reconozco aunque no debería.
Hojas de luna. Raíz de hierro. Flor de fuego. Planta de plata.
Plantas del otro lado.
Del mundo que prometimos no mencionar.
Me acerco a una mesa donde hay plantas recién cortadas. Las toco con cuidado, como si fueran un secreto vivo.
—Yo puedo prepararlas —digo en voz baja—. Infusión. Ungüento. Compresas… lo que haga falta.
Don Alaric me observa con esa calma que no deja ver nada.
—Por eso te dejé entrar aquí. Porque