Narrado por Eryon
La observo desde la distancia.
No por orgullo.
No por control.
Por necesidad.
Selara está en los campos, con las omegas, con las manos manchadas de tierra, el cabello sujeto de cualquier manera, el sol filtrándose entre las hojas y cayéndole sobre los hombros como una bendición que no merece ser tocada.
Las mujeres se ríen cerca de ella. La siguen. La escuchan.
Y ella… ella no se aparta.
Se arrodilla junto a una anciana para ayudarla a levantar una canasta. Luego le indica a otra dónde sembrar, qué hojas arrancar, qué parte de la cosecha no debe tocarse porque enferma.
No hay arrogancia en sus gestos. No hay desprecio.
Solo certeza.
Y esa certeza me está matando, porque no sé de dónde nació… y porque, por primera vez, me importa.
Antes la frialdad de Selara era un paisaje permanente, una muralla dentro de mi propia casa. Aprendí a convivir con ella. A respirar con ella encima. A ser Alfa incluso con el corazón vacío.
Pero ahora…
Ahora que conocí su calor, no puedo so