Narrado por Myra
Abro los ojos desorientada. La habitación aún está en penumbra, bañada por una luz grisácea que se filtra entre las cortinas. Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy… hasta que lo siento.
El cuerpo de Eryon yace a mi lado. Cálido. Pesado. Protector.
Su brazo rodea mi cintura con una naturalidad que me desarma, como si ese fuera el lugar exacto al que pertenezco. Su respiración es lenta, profunda, tranquila. Duerme sin sospechar nada, sin cargar los miedos que a mí me atenazan el pecho.
Y por un segundo —solo uno— deseo quedarme ahí. Fingir que este momento es real. Que no hay mentiras. Que no hay contratos. Que no hay otra mujer reclamando esta vida.
Pero el segundo pasa.
Y con él, la culpa.
Me deslizo fuera de la cama con cuidado, procurando no despertarlo. El frío del suelo me devuelve a la realidad. Me envuelvo en una bata y entro a la ducha. El agua cae sobre mi piel como un castigo necesario, arrastrando los restos de una noche que jamás debió existir.
Cier