Eliana estaba de pie en el templo circular de los ancianos. Las piedras vibraban como cuerdas invisibles, y su eco llenaba el aire con notas que parecían abrir la mente y el corazón. Kael la había traído allí para mostrarle el consejo de las hadas, pero esa noche estaba vacío.
—Quería que lo vieras sin nadie —explicó Kael, mirándola con intensidad—. Aquí escuchamos al viento, al agua, a las voces que viven en la tierra. Este lugar nos recuerda que no somos dueños, sino guardianes.
Eliana giraba