La noche cayó sobre el pueblo con un silencio espeso, casi antinatural. Eliana estaba en la biblioteca, ordenando los últimos manuscritos antes de cerrar. El resplandor de las velas temblaba en las paredes, y el crujido de las maderas se le antojaba demasiado fuerte.
De pronto, la puerta se abrió sin aviso. Tres figuras entraron, envueltas en capas oscuras. No hacían ruido, pero su sola presencia llenó el aire de un frío helado. Eliana lo supo al instante: vampiros.
—Buenas noches, bibliotecaria