El sonido de las pesadas puertas cerrándose detrás de ella retumbó en el vestíbulo como un eco de encierro. Eliana respiró hondo, intentando controlar el temblor en sus manos. El aire estaba impregnado de un aroma metálico, mezcla de cera, hierro y sangre.
Un guardia la condujo por pasillos interminables. Antorchas azuladas iluminaban los muros de piedra, y cuadros antiguos mostraban rostros pálidos y severos: generaciones de vampiros que habían gobernado aquel lugar. Todo parecía observarla.
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