Eliana no tuvo tiempo de asimilar la decisión del consejo. Esa misma noche fue conducida a una sala apartada del castillo, lejos de los salones iluminados. Allí, el aire olía a humedad y piedra antigua. La esperaba Lucien, apoyado contra una columna, con la misma expresión enigmática de siempre.
—Así que el consejo ya te reclama como suya —dijo con una sonrisa irónica—. Qué rápido olvidan que las cadenas doradas siguen siendo cadenas.
Eliana lo fulminó con la mirada.
—¿Tú sabías que me traerían