No discuto. No tengo fuerzas. Las palabras de la mujer resuenan en mi cabeza, y el peso de su desprecio me oprime. Miro a mi padre, sus ojos tristes, su rostro cansado. Entiendo lo que quiere decir, pero no puedo articularlo. La tristeza es un nudo en mi garganta, y me impide hablar.
Simplemente me doy la vuelta y camino hacia la mansión. Mis pasos son lentos, pesados, y el peso de la soledad me oprime. Siento la mirada de mi padre en mi espalda, pero sigo adelante.
Una de las empleadas, con u