Me paro frente al espejo del baño, con la luz tenue de la mañana entrando por la ventana. La brisa fresca golpea mi piel, haciendo que se me erice. Me veo, y lo primero que noto es que mi cuerpo no se parece en nada a lo que era antes. Mis pies están un poco hinchados, mis caderas más anchas, mis pechos, llenos, pero aun así, me veo bien. Me veo completa. Me veo como lo que soy, una mujer a punto de ser madre.
Mis ojos se detienen en mi vientre. A las treinta semanas, la curva es innegable. La