Una oleada de agua fría me salpica e inunda toda mi alma. La frase pronunciada entrecortada de Toni me ha dejado petrificada, como los árboles desnudos, que hay enfrente de su casa.
Permanezco inmóvil, mientras intento asimilar las duras palabras de mi amigo. Y mis ojos, que escrutan los suyos poco a poco se bañan, porque mis lágrimas retenidas durante horas ahora se han decidido a salir. Una vez brota la primera, numerosas la siguen, imparables, y se deslizan con fuerza por mis finas mejillas.