Enero desemboca en un mes en el que no ceso de hacer cosas al lado de Luis, de Susana, y por mí misma. Estudio la teórica del carné de conducir para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la autoescuela.
Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante, porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes, que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, aducida por una fuerza, que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la academia.
―¿Eso lo has pintado tú sola? —me pregunta y alza las cejas, gratamente impresionada.
―Sí, claro. ¿Con quién más lo tendría que pintar?
La señora se encoje de hombros, pensativa, y guarda silencio por unos instantes, para sopesar sus palabras y escoger las adecuadas.
―Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu al