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EPÍLOGO - CAPÍTULO 60

Mis pasos frenéticos me llevan a hacer un poco de footing por el parque en donde las estaciones han ido pasando día tras día. Tres primaveras han pasado, y hoy, algo ha cambiado en mi interior, pues la incertidumbre se hace más patente que nunca. Mis pies corren por el parque liberando la tensión que llevo dentro.

Es el día. No sé si se convertirá en blanco o negro. No sé de qué color describirlo, si las nubes lo han rodeado y señalan tormenta, o si de repente se esclarecen mostrando un día soleado. Mi corazón corre velozmente por el parque, adelanto a niños que me miran asustados por si me los llevo por delante.

Una pelota se cruza en mi camino, sin poder frenar tropiezo con ella. Caigo y me lastimo una rodilla. El chándal muestra un agujero, y lamento mi torpeza en no poder haber esquivado la pelota. Un pequeñín me mira con la boca abierta, con los ojos temblando, y al mirarlo de arriba abajo rompe a llorar. Decididamente no es mi día. Le acerco la pelota y comprendo que es suya. Se
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