CAPÍTULO 58

En un lugar de los Pirineos, cuyo nombre siempre estará en mi memoria, el coche de Luis se detiene. Durante todo el trayecto, he contemplado el paisaje embelesado, montañas prominentes nos rodean con todo su esplendor. Me siento pequeña ante tanta grandeza. A primeras horas, una fina niebla decoraba nuestro alrededor, pero poco a poco se ha ido levantando. Hay nieve en las cimas y, como supuse, hace bastante fresquita al bajar del coche.

Hace pocos días del estreno de la primavera y, su magia todavía dormita en el valle donde nos detenemos.

―Aquí es ―dice Luis y me señala una casita, que la reconoce por la foto que aparecía en la página web, dónde hemos hecho la reserva.

Es una casa típica, de piedra y con el tejado de pizarra. Hay un rótulo, que indica su nombre, que es lo que la ha hecho reconocer entre las demás. Llamamos al timbre y una mujer rubia nos abre la puerta amablemente. Después de presentarnos como es debido, la mujer nos enseña la casa donde pasaremos este fin de semana
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