El aire en el pasillo de servicio era una sopa espesa de polvo de yeso, humo y el olor acre del nitrógeno que todavía flotaba en las esquinas. Elliot gruñó mientras pasaba el brazo de Eric sobre sus hombros. El peso del heredero de los Imperial era muerto, una carga que desafiaba la resistencia de sus propios músculos fatigados.
—No te desmayes ahora, Imperial —masculló Elliot entre dientes, sintiendo el calor de la sangre de Eric empapando su propia chaqueta—. Si te mueres aquí, ella no me lo