La lluvia no era agua; era un manto de agujas gélidas que perforaban la piel de Sofía mientras corría por el asfalto mojado de la zona residencial. Sus pulmones emitían un silbido ronco con cada bocanada de aire húmedo, y el sabor a ozono de la mansión Imperial todavía se sentía pegado al paladar. Detrás de ella, el cielo nocturno estaba teñido de un naranja tóxico, reflejando el incendio y las luces estroboscópicas de las decenas de patrullas que ahora rodeaban la propiedad.
Cada paso que daba