MARIE MORETTI
La habitación de Josh olía a desinfectante y a café tibio. La ventana dejaba entrar una franja de luz que cortaba la habitación a la mitad, como si el día insistiera en abrirse camino a pesar de todo. Él estaba recostado, con el vendaje blanco asomando debajo de la camiseta que le adapté con tijeras. El hombro herido le subía y bajaba al ritmo pausado de la respiración. Tenía el cabello un poco más largo de el día que nos conocimos; se le rizaba justo en la nuca. Me dieron ganas d