ANNELISSE DE FILIPPI
Silvano estaba a mi lado, revolviendo el risotto con una mano y robándose las aceitunas con la otra.
—Te vi —le dije sin mirarlo, dándole un codazo.
—¿Yo qué? —fingió inocencia, como si su boca no tuviera la evidencia.
—Te comiste otra.
—Una no cuenta como robo. Dos tampoco. Ya a la tercera se considera delito —respondió con esa sonrisa ladina que solo él podía usar y salirse con la suya.
Yo intentaba concentrarme en cortar tomates sin pensar en la vergüenza de la mañana.
E