AUGUSTO DE FILIPPI
Estaba por preguntarle a Lucy si quería que le enseñara a manejar un balón —una excusa estúpida, pero válida— cuando lo sentí.
Un escalofrío.
Un presentimiento.
Un cambio en la atmósfera, como si las nubes hubieran decidido cubrir el sol de golpe.
Giré apenas el rostro y lo vi.
De pie, apoyado en el marco de la puerta del ventanal, con los brazos cruzados, mirada fija y una ceja perfectamente alzada con una expresión que gritaba:
"¿Me explicas qué diablos estás haciendo tan c