Bastien de Filippi
Caminábamos por el pasillo principal, Lucca y yo, con ese paso que se nos pega cuando ya no estamos conteniendo el aire. No era prisa; era pulso. Por primera vez en siete días, sentía el pecho abierto. El mármol del suelo devolvía un brillo limpio y, entre ventana y ventana, la luz de la mañana nos iba lavando la cara como si supiera el secreto: que acabábamos de recuperar el oxígeno.
—Siete días —dije, más para saborearlo que para contarlo—. Siete días sin mi Kitty y juro qu