LUCIEN MORETTI
La luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas gruesas de la sala de guerra en la que se había convertido nuestra sala de reuniones. Olía a café recién hecho y a papel impreso. El alta médica me supo a tregua, no a victoria. Las costillas tiraban como alambre tensado cada vez que inhalaba hondo, recordándome el muro que me estampó Seraphim siete días atrás. Addy me había prometido que me rompería la otra mitad si intentaba hacerme el héroe antes de tiempo. Y, aun así, aquí