DUEÑO DE SERAPHIM
La oscuridad en la sala era casi palpable. El único sonido que rompía el silencio era el de mi respiración lenta, controlada, el eco de las acciones pasadas retumbando en mi mente. La imagen de Matteo, ahora reducido una masa sanguinolienta, aún se dibujaba ante mí como una escena de justicia implacable. El hombre que alguna vez creyó que podría desobedecerme, ahora ya no era más que polvo. No serviría. Nunca más. Y el mensaje estaba claro: nadie me desobedece.
Miré a mis ho