MARIE MORETTI
Estábamos bailando.
Addy, Lucy y yo.
Reíamos, girábamos, cantábamos a gritos cada canción como si nadie nos mirara. Y por un rato, solo por un rato… todo era perfecto.
Hasta que apareció el imbécil con la camisa desabrochada.
Lo sentí detrás de mí antes de que dijera una sola palabra.
Tenía ese tono repugnante, baboso, de macho que cree que con su sonrisa basta.
—¿Bailamos, muñeca?
Me giré. Le sonreí por pura cortesía.
—Estoy con amigas, No, gracias.
No entendió el “no”.
Puso